lunes, 26 de mayo de 2014

Simplemente un cuento 11.12.2008

Simplemente, un cuento
 
Érase una vez que se era una sumisa que se encontraba en la casa de su Amo. Él había tenido que marcharse a trabajar, porque la vida de Dominante es (por lo menos en la mayoría de los casos) tan normal como la de cualquier otro. Ella (que también trabajaba, pero tenía un día libre) se había quedado en la casa y decidió dar una sopresa maravillosa, fantástica, deliciosa a quien tan feliz la hacía.
Después de pensar un rato en todas las posibilidades que se le vinieron a la mente escogió la que le pareció más adecuada, y se puso manos a la obra.
Él llegaría en media hora, así que tenía el tiempo suficiente para prepararlo todo. Después de una ducha rápida se echó el mejor aceite aromático, teniendo especial cuidado en que fuera sutil, pero presente. Secó y peinó su melena y se miró en el espejo: estaba preparada para él.
No hacía falta escoger nada de ropa porque la que necesitaba ya la tenía puesta. Fumó un cigarrillo y decidió que ya era la hora. El momento había llegado.
Nunca antes había hecho nada parecido, pero tenía la certeza de que aquello agradaría a su Señor, así que perdió todo miedo y se arrodilló frente a la puerta de entrada a la casa. Hacía frío y había olvidado cerrar la ventana que daba a ese pasillo, pero tampoco sería tanto el tiempo de espera, pensó.
Todo su cuerpo entregado en manifestar su absoluta sumisión a aquel hombre que, de un momento a otro, la vería así dispuesta. El vello se le erizaba, y no sólo del frío, sino de pensar en Su reacción, en su cara, en lo feliz que le haría.
Los minutos pasaban y pasaban y el frío era frío, pero decidió no moverse porque conocía la Ley de Murphy y sabía que el momento de su llegada coincidiría exactamente con el de cerrar la ventana. Así que siguió arrodillada, feliz, esperando a su Amo.
Media hora más tarde seguía haciendo frío, pero ella ya no sentía más que ganas de verlo llegar. Por fin... ruido de llaves. Pasos en la escalera. Mmmmmmm... en cuestión de segundos, Él la vería a sus pies, feliz y dichosa.
De repente, un pensamiento rápido y tormentoso cruzó por su mente: y ¿si no venía solo? y ¿si lo acompañaba algún compañero de trabajo o algún amigo al que se hubiera encontrado por la calle?...y ¿si fuera alguna vecina con llave?... Pero ya era tarde para dar marcha atrás. No había otra salida que permanecer allí, arrodillada, deseando que nada de aquello sucediera.
Por la puerta se abrió. Ella, inmóvil. En décimas de segundo fue alfombra, oso de trofeo de esos que se extienden por el suelo, ser inanimado, estatua de sal...
En décimas de segundo, el infierno de la incertidumbre...
... y la inmensa satisfacción de verlo sonreír mientras ella temblaba.

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