lunes, 26 de mayo de 2014

Un recuerdo regalo para matiti 20.06.2013

Un recuerdo regalo para matiti
 
Te quería contar una cosa, matiti, pero no me pareció demasiado bien invadir tu blog, así que te la dedico aquí. Espero que te llegue.
 
Tiene que ver con el peso y la belleza; con los ojos del que mira y la alegría del que es mirado; con la belleza (que resulta que surge del interior, pero de verdad, no de canción)...
 
Voy a ello.
 
Yo siempre he sido una mujer "flamencona", con muchísimo "casco" (¿a que te suena? ;-)). Hacía horas y horas de deporte y eso también se notaba en mi físico. Vamos: nunca he sido una mujer de cuerpo delicado y frágil, sino más bien ancha. La verdad, sinceramente, es que tampoco fue algo que me importara demasiado hasta que tuve la mala suerte de que me gustara un chico al que le gustaba una chica delgadita y preciosa... (como esto ocurrió en la adolescencia, yo atribuí ese mal de amores a mi cuerpo deportivo en lugar de al hecho, terrible pero cierto, de que le gustaba otra. Y punto).
 
Con los años, dejé de hacer deporte y tuve que compensar (más o menos) esa falta de ejercicio con menos calorías en la dieta. En algunas ocasiones tuvo mejores resultados que en otras.
 
El caso es que (salvo ese caso del instituto que siempre recordaré ( y te recomiendo) como "Malena, una vida hervida", de Almudena Grandes) siempre he salido con el chico que quería; he gustado (por desgracia) mucho más de lo que me gustaban a mi; y he sido inmensamente feliz en mis relaciones.
 
Te cuento esto por lo siguiente:
 
Cuando estaba con esa guerra calórica y no conseguía vencerla, tuve un problema serio. Para mi, enormemente. Tanto que llegó a quitarme el hambre (¡¡¡impensable!!!). Perdí peso hasta quedarme con el cuerpo que siempre había querido, pero estaba tan triste que no podía ni apreciarlo. Me cabían tallas que siempre había asociado a modelos, pero no me apetecía comprar ropa, así que (las pocas veces que salía) siempre iba con la ropa anterior.
 
Una mierda, vamos.
 
Después de aquella historia (tan larga para mi que me duró dos meses eternos) me fui a Granada. Allí encontré la felicidad perdida y volví a comer, pero esta vez como una lima. Engordé casi 30 kilos en un año... juassssssssss... Me puse como una chonona (cerda). Pero, ¿sabes?... Nunca en mi vida he sido más feliz.
 
Y me ocurrió algo precioso.
 
De toda la gente con la que me movía, yo era consciente de que le gustaba mucho, muchísimo, a un chico. Un dia, estando preparados para ir a la playa, yo me puse aquel bañador rojo (que todavía guardo) y me sentí muuuuy gorda. Inmensa e infinitamente gorda. Pero no dije nada. Total: estábamos entre amigos...
 
Cuando llegamos a la playa, nos quitamos la ropa y nos quedamos en bañador.
 
Er Pelos me miró y de lo más profundo de su alma surgió un:
 
"Jodeeeeerrrrr... ¡pero qué buena estás!"
 
Creo que nunca, jamás, sabrá el bien que me hizo. Tiempo después me confesó que fue verme y excitarse a tope; que para él no podía haber nada más bonito.
 
Ya ves...
 
Luego, por razones de salud y porque me apetecía, cambié los hábitos alimentarios y bajé lo que tenía bajar. Esa vez ya me costó y esa vez ya fui feliz.
 
Te cuento esto porque las cosas a veces cuestan; porque otras se consiguen pagando el precio de la felicidad y ya no merecen la pena; y porque nuestra belleza, la de dentro, sale más allá de los kilos.
 
Es importante estar sano. Para ello a veces hay que perder o ganar peso. Normalmente eso cuesta, pero si lo ves como un paseo diario, como un cambio a largo plazo y no como una carrera a contrarreloj, es mucho más fácil tener éxito.
 
Suerte en tu empresa.
 
Y, sobre todo, se feliz.

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