lunes, 26 de mayo de 2014

Padre nuestro, que estás en el cielo 4.10.2011

Padre nuestro, que estás en el Cielo...
 
Y ¿por qué (digo yo) tienes que estar tan lejos? ¿por qué no puedes estar en la Tierra que rodea mi casa? ¿por qué no estás presente en cada paso? ¿por qué has escogido estar tan alto, donde no puedo alcanzarte?...
 
 
 
 


Santificado sea tu nombre.

Ojalá todos los seres humanos supieran lo grande que eres. Ojalá todas las personas que no te oyen, todas los ojos que no te ven y todas las manos que no te tocan, fueran capaces de vibrar un segundo con tu nombre, como me ocurre a mi a veces, cuando tengo la certeza de que existes...
 



Venga a nosotros tu reino.

A los mortales que te pensamos en el sueño permanente, que te rezamos en cada hecho, que deseamos seguirte sin condiciones.

Ojalá ese reino sea el que te dibujamos en cada deseo, el que creamos con cada palabra que nos revelas y que coincida minuciosamente con ése que tú has creado.
 




Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo.


Porque no puede ser de otra manera, porque todas las cosas tienen tu nombre, porque toda la Tierra y todo el Cielo te pertenecen,

porque todos los seres que viven en ella deberían adorarte,

porque no sólo yo debería tener ese privilegio...
 




El pan nuestro de cada día dánoslo hoy


Porque viniendo de tus manos sabe a Gloria; porque necesitamos comer cada día; porque no bastan las palabras para alimentarnos; porque saben a ti cuando rozan la boca...
 




Y perdónanos nuestras ofensas...

Porque a veces, sin querer, las cometemos. Porque somos débiles y nos dejamos llevar por cantos de sirena. Porque jamás de los jamases querríamos hacer algo que te lastimara o te doliera. Porque, sencillamente, somos humamos...
 




... así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden


Porque siempre estás tú delante, en primer lugar en la lista, y sólo tú tienes esa capacidad de ofender, más allá de toda probabilidad estadísitica.

Sólo importa que tú quieras, que desees, ofendernos. Y, si fuera así, a pesar de los dolores que brotaran, el perdón sería inevitable.
 



No nos dejes caer en la tentación


De intentar poseerte, de ser tu dueños. No es posible. No es ni siquiera deseable. La tentación más potente es la de dejar el barco, la de bajarse del tren en marcha y abandonar la nave sin miedos.

No nos dejes, Señor, que lo hagamos. A no ser que así lo desees. Entonces, sin remedio, así se haría.
 




Y líbranos del mal


De todo aquello que lastima, que daña, que mata.

Líbranos de no leer, de no escuchar, de no pensar, de no vivir.

Líbranos de no ser, de no querer, de no desear.

Líbranos de ser al margen de nosotros mismos, de ti, de tus deseos.

 




Amén


Que así sea, Señor...

No hay comentarios:

Publicar un comentario