Rosquillas o los protocolos sociales
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Las rosquillas me encantan. Siempre lo
han hecho. Y mucho se debe a que la madre de mi amiga Cristina era una
maravillosa repostera a la que le encantaba cocinarlas. Muchas de
nosotras, de las compañeras del colegio de su hija, deseábamos en
secreto (y en voz alta, porque para eso éramos amigas, y niñas, y
glotonas) que las hiciera para poder ir a su casa y comerlas. Cuando
Cristina nos decía que había, siempre estábamos dispuestas a hacer una
visita (más o menos fugaz) para comer o engullir aquellas delicias. No
había engaño: queríamos rosquillas, lo decíamos, íbamos y las comíamos.
Sin más.
Pero la cosa cambió (por lo menos para
mi) cuando mi madre decidió explicarme el protocolo social que yo
desconocía absolutamente en cuanto a la comida en casa de amigas. La
verdad: no sabía siquiera que alguien hubiera decidido cómo se debía
comportar una cuando la madre de Cristina, o de cualquier otra
compañera, nos invitara a rosquillas, galletas o cualquier otro manjar
decilioso. Y lo cierto es que, visto con el tiempo, me da por pensar que
la gente tiene poco que hacer para pensar en protocolos de ese pelo.
A lo que iba: mi madre me explicó,
pacientemente, que una no llega a casa de alguien y come lo que le
ofrecen a la primera. Noooooooo. Hay un ritual que seguir.
- La anfitriona invita una vez.
- Tú dices que no.
- La persona insiste una segunda vez.
- Tú vuelves a decir que no (aunque esto depende de la confianza porque, en ocasiones, se puede decir que sí a la segunda).
- Te lo vuelve a ofrecer.
- Ya te lo puedes comer.
La verdad es que, en sí, el protocolo me parecía simple de seguir. Duro, pero simple.
Una tarde, a la salida del colegio,
Cristina me comentó que su madre había hecho rosquillas y me invitó a
ir. Como el protocolo social recién adquirido no decía nada de que mi
amiga tuviera que insitir tres veces, a la primera, rauda y veloz, le
dije "¡Qué bieeeeennnnn! ¡¡¡Con las ganas que tengo de comerlas!!!". Y
así lo hicimos.
A las cinco y media, en punto, fuimos a
su casa. Subimos todos los pisos como gacelas (no tenían ascensor) y
entramos en la casa, donde olía a gloria y nos esperaba su madre, la
mejor repostera de todos los tiempos, con los brazos abiertos y una
sonrisa en la cara.
Cristina no dudó en ponerle al día de la
situación, de manera clara y contundente: "Shere ha venido a comer
rosquillas". Normal: lo que es, es. Las cosas claras y el chocolate,
espeso.
Entoces, claro, ocurrió lo que tenía que suceder:
- Shere, linda, ¿quieres rosquillas?.
- No, gracias.
- ¿¿¿???
Yo, lógicamente, estaba esperando la
segunda pregunta. Pero no llegó. Tita, algo extrañada, se dio media
vuelta y marchó a la cocina. La conversación había acabado para ella.
Yo no podía comprender que nadie le
hubiera explicado a aquella maravillosa mujer que tenía que preguntarme
tres veces. Tres y no una. TRES. Con una no bastaba.
Tendría que hablar seriamente con mi madre para que la diera a ella también clases.
El caso es que ese día no hubo
rosquillas. Una y no más, claro. Hasta que no esté segura de que la otra
persona conoce las reglas protocolarias, no pienso decir que no cuando
quiero decir sí.
Luego llegó aquel libro.
Herbert Fensterheim y Jean Baer seguro que también se quedaron alguna vez sin rosquillas.
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lunes, 26 de mayo de 2014
Rosquillas o los protocolos sociales 15.05.2014
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