lunes, 26 de mayo de 2014

Un gemido tuyo... 6.02.2012

Un gemido tuyo...
 
Últimamente me he vuelto muy religiosa. Supongo que se han dado cuenta de mis continuas alusiones al tema católico que, no sé por qué extraña razón, me sale de un resquicio educacional y brota cuando menos me lo espero. Lo que intento hacer es (como en todas las cosas de la vida) arrimar ese ascua a la sardina para que me vaya de la mejor de las maneras posibles.

El caso es que yo pensaba (porque así me lo habían dicho) que muchas de las cosas que duelen acaban no doliendo. Yo pensaba que era cuestión de costumbre, o de que uno se va haciendo a las cosas y acaba por darles menos importancia de la que tienen. Y puede que, en algunos casos, sea así. No puedo negarlo porque no lo sé. Lo que sí puedo asegurar es que  a mi me sucede algo diferente.

Hay cosas que me duelen y no tienen remedio. Me duelen y me quejo, porque soy quejica, porque quiero que la otra persona sepa que las siento de esa manera, porque no me apetece comerme el dolor sin compartirlo y porque, sencillamente, me duele y me sale expresarme de esa manera. También considero que, al decirlo, pongo en conocimiento de la otra persona que estoy viviendo esa sensación por Él, y me gusta que sienta mi sentir.

Con mi información sólo quiero eso: informar. La intención no es que se pare, o que siga, o que afloje o lo que sea... sino, sencillamente, que sepa. Él ya decidirá cómo manejar esos datos, ¿no?...

Pero (y a esto viene lo del título) he descubierto que, en otras ocasiones, algo que me duele infinta e inmensamente deja de hacerlo ante un estímulo. Una sola percepción de su alma y todo pasa de "ayyyyyyyyyyyyyyyyy" a "mmmmmmm". Saber que le causa placer es para mi alma (y mi cuerpo que, al fin y al cabo, es el primer receptor del dolor) un poderoso catalizador y cambiador de emociones.

... porque un gemido suyo bastará para sanarme.

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