Mis bolas castigadoras
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El
otro día tuve la suerte de que me regalaran unas bolas chinas de
castigo. Parece una broma, pero no lo es. Existen. Son como "doncellas"
medievales en miniatura y de plástico (o latex, o lo que sea).
El
caso es que una (curiosa por naturaleza) ha decidido probarlas para ver
qué pasa. Y, nada, oye: libro de instrucciones: se cogen las bolas
(después de haberlas echado todo tipo de líquidos desinfectantes porque
las he llevado en el bolso durante casi una semana) y se meten en donde
corresponde.
Aunque
a algunos les pueda parecer extraño, no ha hecho falta que nadie
super-visara este paso. Probablemente porque mi orificio es pequeño o
por alguna extraña razón del destino, sólo hay una forma de hacerlo.
Hala... ¡pádentro!....
Lo
que, aparentemente, era fácil se ha convertido en un infierno, y no por
el hecho del dolor en sí (que es que no he podido ni sentirlo), sino
por la preocupación de que aquello no funcionaba. Por alguna extraña
razón del destino no soy capaz de autocastigarme. Ni siquiera queriendo.
Las bolas producen una extraña sensación de algo que te rasca por dentro. Y a mi, sinceramente, me ha parecido deliciosa.
Dice
mi amiga, la maravilla de persona que me las ha regalado, que me las
ponga durante una hora y luego la comente. Lo haré. Estoy pensando en
ponérmelas mañana para ir a trabajar. Puede que sea buena idea, pero si
sólo puedo ponérmelas una hora tendré que controlar cuándo puedo ir a
quitarlas. Y que no haya nadie cerca, claro, no vaya a ser que mañana me
gusten menos que hoy y los gritos se escuchen hasta en Sebastopol.
¡Qué cosas! Ahora entiendo lo que me decía un jefe: "El castigo es sólo lo que se siente como tal".
En fin... otra curiosidad que nunca acaba.
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lunes, 26 de mayo de 2014
Mis bolas castigadoras 7.10.2010
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