lunes, 26 de mayo de 2014

Mis bolas castigadoras 7.10.2010

Mis bolas castigadoras
 
El otro día tuve la suerte de que me regalaran unas bolas chinas de castigo. Parece una broma, pero no lo es. Existen. Son como "doncellas" medievales en miniatura y de plástico (o latex, o lo que sea).

El caso es que una (curiosa por naturaleza) ha decidido probarlas para ver qué pasa. Y, nada, oye: libro de instrucciones: se cogen las bolas (después de haberlas echado todo tipo de líquidos desinfectantes porque las he llevado en el bolso durante casi una semana) y se meten en donde corresponde.

Aunque a algunos les pueda parecer extraño, no ha hecho falta que nadie super-visara este paso. Probablemente porque mi orificio es pequeño o por alguna extraña razón del destino, sólo hay una forma de hacerlo.

Hala... ¡pádentro!....

Lo que, aparentemente, era fácil se ha convertido en un infierno, y no por el hecho del dolor en sí (que es que no he podido ni sentirlo), sino por la preocupación de que aquello no funcionaba. Por alguna extraña razón del destino no soy capaz de autocastigarme. Ni siquiera queriendo.

Las bolas producen una extraña sensación de algo que te rasca por dentro. Y a mi, sinceramente, me ha parecido deliciosa.

Dice mi amiga, la maravilla de persona que me las ha regalado, que me las ponga durante una hora y luego la comente. Lo haré. Estoy pensando en ponérmelas mañana para ir a trabajar. Puede que sea buena idea, pero si sólo puedo ponérmelas una hora tendré que controlar cuándo puedo ir a quitarlas. Y que no haya nadie cerca, claro, no vaya a ser que mañana me gusten menos que hoy y los gritos se escuchen hasta en Sebastopol.

¡Qué cosas! Ahora entiendo lo que me decía un jefe: "El castigo es sólo lo que se siente como tal".

En fin... otra curiosidad que nunca acaba.

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