El infinito en la palma de la mano.
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Estaban
sentadas las dos en torno a la misma mesa, circular y pequeña. El
centro comercial estaba lleno de gente, pero ellas destacaban por encima
del resto de la vorágine que iba y venía, aparentemente sin rumbo, como
las canicas de goma que tienen mella...
Se
miraban. Una frente a otra. La imagen, aún no sé por qué, desprendía
ternura. Algo emanaba de aquella escena y se transmitía por entre el
escaso aire que nos rodeaba. Algo mágico y hechizante.
En
aquella mirada, la mayor de las dos dejó quietos los ojos (no sé cómo,
pero lo hizo) y, lentamente, alzó su mano derecha hasta la cara de la
mujer a la que miraba con tanto amor.
Suavemente
le retiró el pelo que caía sobre su cara y toda la ternura del mundo se
conviritió en ese gesto, en ese movimiento que ha quedado grabado en mi
retina.
En
casa, sola y a salvo de la masa comercial, revivo esa imagen como
vouyeur y pienso en que, parafraseando a Blake, efectivamente, el
infinito puede sostenerse en la palma de la mano.
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lunes, 26 de mayo de 2014
El infinito en la palma de la mano 26.06.2013
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