(NOTA: NO LO ESCRIBO POR NADIE. COLOCANDO UNAS COSAS HA
APARECIDO UNA CAJA DE RECUERDOS DE ESA ÉPOCA Y ME HE ACORDADO DE ESTO.
NADA MÁS.)
Sucedió cuando éramos adolescentes, con toda esa energía, ese impulso
descontrolado y las hormonas haciendo de las suyas a cada paso.
Solía pasar los veranos en un camping y vivía la salvaje vida del
oeste allí. Hicimos una pandilla con todos los de edades aproximadas y
nos dedicamos a investigar los parajes naturales que rodeaban el lugar
donde se ubica el camping. También íbamos juntos a la piscina, a las
fiestas del pueblo, a las romerías, a las verbenas... y, ocasionalmente,
a misa (católica, apostólica y romana).
Cuando tenia 15 años estuvo allí durante un mes un amigo de mis
primos. Yo me enarmoré locamente. En mi inmensa inocencia traté de
hallar algo que tuviéramos en común, pero era frustrante no ser capaz de
encontrarlo, por vueltas y vueltas que le diera al tema: yo iba a un
instituto público; él, a un privado; yo era del Madrid; él del Joventut;
yo era de cantautores; él, de Heavy Metal... Uffff...Pareciámos
abocados a no encontrarnos en el punto medio, pero el primer domingo que
él estuvo allí dijo que iría a misa y yo, casi literalmente, vi a Dios.
Ya tenemos algo en común, pensé: creemos en Dios
Y, qué queréis que os diga, para mi fue una razón soberana que
explicaba por qué este pobretuco y yo podíamos tener una relación. Si
algo tan grande como un Dios era capaz de ser nuestro punto común quería
decir, inevitablemente, que debía ser así.
Nos preparamos para ir a misa. En el colegio y en mi familia nos
habían enseñado las razones por las que no se podía comer ni beber nada
una hora antes de ir a comulgar, así que, en mi caso, comía y bebía si
era necesario y eso no era impedimento para ir a comulgar como la santa
católica, apostólica y romana que era.
Allí, en misa, justo después del silencio postcomunión, pensé:
Querido Dios: gracias por unirnos porque no encontraba ninguna razón que lo hiciera.
Y me quedé tan ancha, oye. Así soy yo.
Al salir de misa, yo en plena euforia, él se me acercó:
- ¿Puedo hablar contigo a solas?-
(¡Esta es la mía, joder!, olé, diosito mío, oléééééé)
- *Sí, claro* -
Y nos fuimos a un aparte. Lógicamente, el iba a decirme que se había
dado cuenta de que habíamos nacido para estar juntos porque los dos
(¡LOS DOS1) creíamos en Dios.
- Shere, me he dado cuenta de que (una pausa eterna precedía las maravillosas palabras) comulgas sin esperar la hora de rigor después de haber comido o bebido -
-¿¿¿¿?????
( ¿Como? ¿En serio? ¿De verdad, dios católico, que me vas a hacer
esto? ¿Vas a ponerme a un radical en el camino? ¿Eres tan cabrón que ni
siquiera lo más traído por los pelos puede funcionar?)
- Es que me han enseñado las causas y no me parece un principio inviolable-
- Pero lo es, al margen de que tú lo creas o no-
Yo me quise morir. La única razón que habia encontrado para estar
juntos se acababa de desvanecer en la lógica. Y lo entonces vi claras
dos cosas:
1. Si tienes que encontrar un motivo para estar juntos, estás jodida.
2. Dios no existe.
Porque, en ocasiones, hay incompatibilidades naturales.
