Maneras de decirte
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Existen muchísimas maneras de decirte lo que siento, lo que
despiertas en mi y la forma en que yo siento la relación. Supongo que
todas son siempre, pero no tienen la misma intensidad en todo momento,
así que recurro a la que me sale del alma para invocarte, para llamarte.
Cuando te digo "Amo", el sentimiento que prima es el de que tú posees
todo lo que soy, que deseo que me roces, que me toques, que me azotes...
que tu pensamiento se pose en mi para mostrarme, como sólo tú puedes,
la dominación absoluta que ejerces sobre mi... y que yo deseo. Es algo,
sobre todo, físico, carnal, de deseo animal, como la perra que busca la
mano que le da de comer, y come de ella, feliz, contenta, satisfecha
porque su Amo ha ejercido de tal.
Cuando te digo "Dueño", es algo menos físico. Suele responder a la
necesidad mental de que me sientas tuya, de que me lleves a donde
quieras, de que conduzcas a este ser tuyo por el camino que más te
plazca. "Mi Dueño", de todas maneras, es un sentimiento más que dos
palabras. Nacen y mueren en mi cabeza en muchas más ocasiones de las que
salen de mi boca.
Al llamarte "Mi Dios" lo que hago es adorarte. Toda mi admiración, mi
fé, el consuelo... la constancia de que hay algo grande, inmenso, en ti
me hace adorarte como a un dios todopoderoso que saca de mi lo más
grande, que hace nacer de la nada seres vivos que me invaden el alma, el
estómago, el deseo... Un dios terrible y magnánimo que me concede la
gracia de ser su fiel devota y a quien, sin darme cuenta, rezo (desde
este especial ateismo monoteista) todas las noches. Es el dios a quien
entrego una fe que no necesito porque todas sus acciones, todos los
hechos, son milagros puros que nacen de su existencia. El dios de quien
una sola palabra basta para curarme y por quien sueño ser el vanhala.
Otras veces, sin embargo, eres "mi Rey", el Dueño y Señor de cada uno de
los territorios de mi alma y de mi cuerpo; el hombre puesto en un trono
al que sirvo con lealtad y humildad, y por quien vivo. El hombre, carne
y hueso, que reina cada uno de mis actos y por quien cada día trato de
ser mejor sirviente, mejor escudera, mejor luchadora... El hombre (no
dios, sino humano) que tiene la potestad del perdón y el premio, la
autoridad para el castigo y el absoluto derecho de servidumbre sobre mi.
Y otras, "Mi Señor". Siempre me suena a poco, igual por manido, pero es
una maravillosa demostración de todo el respeto que te tengo y mereces;
el "usted" que tengo dentro y no me sale; la admiración más asboluta a
cada uno de tus actos, de tus pensamientos, de tus intenciones... El
saber, de manera cierta, que eres un Señor, en todas las acepciones de
la palabra, y que despiertas en mi una pasión y deseo que velo
(temporalmente, claro) y camuflo en la palabra adecuada para ocasiones
en las que el desenfreno no tiene mucha cabida.
Todas convergen y eres mi "Todo": Dios, Amo, Dueño, Señor, Rey...
Todas y cada una de las palabras que me despiertas nacen del corazón y
la mente que te adoran, te respetan, te aman, te desean y te sirven.
Todas y cada una de las palabras son poco para lo grande que eres y las
emociones que me despiertas.
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lunes, 26 de mayo de 2014
Maneras de decirte 27.11.2012
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