lunes, 26 de mayo de 2014

La intimidad y el sexo 31.07.2012

La intimidad y el sexo
 
Vivimos en una sociedad en la que la intimidad es un valor en alza, pero también tremendamente denostado. Todos hablamos de todos, nos metemos en lo que la gente hace o deja de hacer; en lo que dice o deja de decir y, por supuesto, en lo que practican en su alcoba (o cualquier otro sitio, claro está).

Los gays han sido los primeros en defender que su sexualidad es suya y que no tienen nada de qué avergonzarte (¡¡¡por supuesto!!!) y parece que nosotros (los bedesemeros) estamos siguiendo esos pasos, pero atrapados por la vorágine de esa intimidad pública que, sinceramente a mi, me da un poco de repelús.

Una cosa es que no tengamos nada de lo que avergonzarnos, que por supuesto es así, y otra que vayamos cantando a los siete vientos lo que somos sólo para que se acepte. A mi me gusta compartir mi intimidad con aquellas personas con las que me apetece, y entiendo que puede haber personas que lo deseen con cualquiera, pero, honestamente, soy una persona tremendamente celosa de mi intimidad y no me apetece que la gente sepa lo que me gusta o deja de gustar, en el sexo o en cualquier otro aspecto de mi vida.

Siempre hemos sido un pueblo con tendencia a comentar las cosas de los demás, pero también es cierto que las aceptábamos (en general) sin darles mayor importancia. Por ejemplo: yo tenía un vecino que era gay. Seguro, segurísimo. Todos lo sabíamos, desde los más chicos a los más grandes. Nadie hacía nunca comentarios ni se miraba raro, porque era un buen vecino (aunque con los niños tenía un poco de mala leche, todo hay que decirlo) y era la única faceta de su vida que nos competía e importaba.

Mi entrenadora de baloncesto era (creo) lesbiana, pero la verdad es que es algo que he comprendido con los años, porque nunca jamás nos planteamos, ninguna del equipo, nada que tuviera que ver con ello. Era una buena entrenadora, puntual, exigente, comprensiva, que obtenía excelentes resultados... ¿qué más se le podía pedir?... Ni siquiera nuestros padres, que podían haber mostrado cierta preocupación de esa tonta por el hecho de que compartíeramos vestuario, dijeron jamás una sola palabra sobre ello.

 Como en ese anuncio de la tele en el que una niña le pregunta a su padre, en el coche:
- Papá, ¿tú sabías que mi amiga fulanita es negra?
- Sí, claro.
- Yo, no.

Pues eso... que la gente estaba por encima de sus tendencias, de sus trabajos y de cualquier cosa que no fuera el vínculo que nos unía a ellos.

Con el trasiego de la intimidad que vivimos en los medios de comunicación hemos pasado del cotilleo relativamente "sano" a la necesidad imperiosa de saber la vida de los demás en los ámbitos que no nos competen, pero, lo que es peor, nos hemos creado la necesidad de tener que contar que somos normales.

Entiéndame: me parece genial que aquel que así lo desee, cuente su vida y milagros, pero no creo que tengamos la obligación de hacerlo para normalizar algo que ya es normal de por sí.

Yo muy normal no soy, la verdad, pero no creo que tenga que ver con el BDSM. Más bien es de nacimiento. Así que no me mato en decirle a nadie lo normalísima que soy, porque sé que he perdido de mano.

Soy quien soy. Los que me conocen saben más de mi que los que no. Me parece lógico. Me gusta.

Los que me quieren lo hacen de todas maneras, a pesar de mis rarezas y mis maravillas.

Un saludo respetuoso a todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario