lunes, 26 de mayo de 2014

Miedo a ser y las antorchas 17.08.2011

Miedo a ser y las antorchas.
 
Últimamente me voy dando cuenta de muchos miedos que renacen o resurgen en mi. Cuando entré en la página (simulténao a saber mi condición de sumisa) estaba plagada de ellos, pero desde el temor que nace de la ignorancia y el atrevimiento que conlleva. No sabía nada de las prácticas, no conocía la terminología, creía que el trisquel era un símbolo celta... En fin: todas esas cosas que la lectura puede subsanar medianamente bien.

Pensaba que ese desconocimiento hacía de todo esto un mundo inaccesible para mi. Pero no. Me equivocaba. No conocer las prácticas sólo era la premisa necesaria para descubrirlas. Y eso sólo ocurre una vez: la primera. Luego cada persona lo matiza, lo hace especial, lo dignifica o lo humilla... pero sobre aquello que ya una vez se supo.

Sin embargo ahora he hecho el gran descubrimiento: el peor de los miedos es el de ser. Y aquí entran todas las variables posibles: miedo a ser sumisa, miedo a no serlo, miedo a ser capaz, miedo a ser pareja, miedo a ser... yo misma.

Cuando una se descubre este miedo siente pánico. Un día te despiertas y te das cuenta de que no sabes cómo decir esto o aquello; te acosan las dudas sobre tu forma de relacionarte con los demás; no sabes si haces bien al aceptar o rechazar ciertas cosas... Sabes que algo no va bien, que tú eres otra que te mira desde el otro lado con cara atónita, intentando hacerte ver que todo es más fácil. Pero sencillamente, no sabes cómo salir de la duda, del miedo, de la incertidumbre. De ese no ser tú que te atormenta.

En esos momentos es fundamental no tomar decisiones. Ninguna que no sea la de escuchar a los amigos, a los de verdad, a esos que se cuentan con los dedos de una mano mientras te cogen la otra. En esos momentos es fundamental escucharlos a ellos y a ti misma. En el fondo sabes cuándo las cosas no van como deben, porque lo sientes, porque algo no funciona, porque te ves perdida... Y es en esos momentos cuando menos quieres parar, pero debes hacerlo.

Puede llevar días o sencillamente una noche. Puede ser doloroso o sólo iluminador. Eso ya depende de cómo decidas tomarlo. Y la decisión que resulte siempre ha de ser la misma: eres como eres y debes mejorar, pero no a costa de ti.

En este mundo, el Dom debe ayudar a que la sumisa no se pierda. Pero como no son superhéroes (que eso también lo he descubierto hace poco) ni adivinos, ni nada que le ronde, entonces, deben, por lo menos, ayudarla a ser ella misma. A mejorar. A crecer.

Un Dom siempre debe hacer brillar a la sumisa. Sino, algo va mal: muy requetemal.
Y una sumisa siempre ha de hacer brillar al Dom. No puede ni debe ser de otra manera.
Lo mejor de la Dominación/sumisión es que se supone que esto lo sabemos todos. Lo peor es que no siempre es cierto.

Yo me considero una mujer con suerte: de vez en cuando me pierdo, dejo la cabeza muy lejos del corazón y se me olvida dónde la he puesto. Pero la encuentro.

Me considero una mujer con suerte porque encuentro antorchas humanas que me iluminan el camino y sacan de mi lo más bello, lo más sucio, lo más doloroso, lo más sencillo...
...Y lo abrillantan.

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