lunes, 26 de mayo de 2014

Los obreros. Homenaje 5.08.2011

Los obreros. Homenaje.
 
Recuerdo haber leído una vez un hilo sobre el primer recuerdo BDSMero que se tenía. La gente dió muestras de una gran memoria a largo plazo. Yo no. Yo soy un pez y me llamo Dori. Nunca conseguí sacar de mi cabeza algo cercano a la infancia. Terrible.

Sin embargo, ayer, por esas cosas raras de la vida, me vino un recuerdo. El primero. Fue en el instituto. Yo era una chica con muchísimo pecho. Usaba una talla que no se vendía en las tiendas normales y me tenía que ir a corseterías de abuela. Horrible. Por mucho que algunos chicos podáis pensar en lo maravilloso que es, os puedo jurar que es un infierno, especialmente con 15 años, las hormonas revolucionadas y una enorme afición al deporte.

Para mi, el pecho que tenía sólo me daba problemas. Era un tremendo estorbo que no valía para nada más que para parecer gorda y quemarme los hombros cada vez que jugaba al baloncesto. En fin: lo que cualquier adolescente podría definir como "una mierda".

Mi 140 de pecho, mis complejos y yo íbamos al instituto todas las mañanas, mochila al hombro y hacíamos el mismo camino cada día, intentando evitar que el resto de los humanos pudieran percibir mis "encantos". Hasta que un día tuvimos sorpresa: obras en mitad de la acera. Obreros en el andamio, protegidos por la distancia y la certeza de que no subiriamos a decir nada. "¡Qué tetas, nenaaaaaaa!" "¡Madre cómo me estoy poniendooooo!"... Y, por primera vez, sentí que valían para algo, que mis pechos tenían la capacidad de excitar, que aquellos hombres se habían fijado no en mi, sino en mis tetas... Ufffff... Un escalofrío me recorrió de arriba a abajo. Ahora sé que era excitación pura, pero entonces lo único que quise entender y entendí era que aquello me había gustado. Las amigas con las que solía hacer el camino comenzaron a caminar más rápido mientras decían a voces lo groseros que habían sido y me intentaban convencer de que no volviéramos a ir por aquel camino.

En ese momento supe que algo en mi era diferente. A mi sí me había gustado saber que los excitaba, que me veían como un objeto sexual y no como una niña acomplejada que tenía mucho pecho. A mi me habían hecho sentir algo especial y bonito. Y no era capaz de comprender el porqué del enfado de mis amigas. El caso es que supe estarme calladuca y decidí que, desde ese momento y hasta el final de las obras, iría sola al instituto.

Cada día desde ése me vestía encantada, me ponía requeteguapa, ocultaba cada vez menos el escote (sin excesos, pero con creciente generosidad) y marchaba contenta. Todos los días, desde ése, escuché algo que me hacía feliz. Ellos y yo sabíamos que me gustaba. Ellos y yo sabíamos que mi repentina soledad no era casual.

Un día, después de haberlo pensado mucho, me acerqué a ellos. Yo quería decirles lo mucho que había mejorado mi vida, quería hacerles partícipes de la belleza que habían despertado en mi, quería que supieran lo importantes que eran sus palabras. Repito: me acerqué. No sé por qué razón estaban a ras de suelo. Saqué fuerzas de flaqueza y dije:  "Hola, me llamo Candela* y sólo quería deciros que me alegráis cada mañana. Gracias".

Silencio absoluto. Yo me fui.

Al día siguiente pasé, pero ya no me dijeron ni una sola palabra. Al día siguiente, tampoco. Al cabo del tiempo la obra acabó y yo no había vuelto a escuchar nada. Volví a ir al instituo rodeada de amigas, de mochilas y de tetas, pero los complejos comenzaron a combinarse con el orgullo y yo nunca volví a ser la misma.

Lo que aún no entiendo es por qué llegó el silencio. Desde luego, ¡no hay quien entienda a los hombres!

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