El vecindario
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Buenos días a todos.
Hoy me siento muy social, un ser tremendamente vinculado a otros que
cohabitan conmigo y, en cierta manera, conviven en mi existencia. Y se
me ha venido a la mente este maravilloso vecindario en el que vivo. El
edificio es de ocho alturas, con cuatro manos en cada una, salvo en el
octavo que, dada la gran terraza que tienen, sólo admite dos.
A lo que iba, que empiezo a dispersarme...
Mi
edificio, como casi todos, tiene la gran ventaja de albergar a gente
muy diferente. No nos conocíamos (en la mayoría de los casos) antes de
venir a vivir aquí y, en muchos otros, todavía seguimos sin hacerlo. Un
pena, o no, dependiendo de cada uno...
Ya llevamos aquí unos años, que no es mucho pero es bastante. Y gracias
a las reuniones de comunidad, al patio, al ascensor y a unas cuantas
cosas más, hemos podido ir haciéndonos una idea de quién es quién... Y
he llegado a la conclusión de que estoy aquí y estos son mis vecinos,
pero si estuviera en otro lugar, también serían ellos, porque los
patrones de conducta acaban siendo igual en todas partes, ¿no?...
Quiero contaros, brevemente, cómo son...
En
el bajo A: “el cotilla”. Es una persona a conocer. Su presencia es
fundamental (como la de todos), especialmente al principio, porque te
llena de información que ha de ser tamizada y filtrada, pero pone un
poco "al día" de lo que está sucediendo. Por supuesto, la objetividad no
forma parte de su personalidad y tiende a desviar la información, a
fragmentarla. Al principio resulta gracioso, pero pasado un tiempo
intentas esquivarlo o esconderte cuando lo ves.
1ºC:
La "mujer entrañable pero con ´pero´". Mujer común en sus problemas,
pero dada a exagerarlos para que los demás hagamos el trabajo que la
corresponde. En las reuniones pone cara de pena y habla con todos, pero
luego, por la calle, cuando ya no hay nada que conseguir, no conoce ni a
la madre que la parió. Despista al principio, se la conoce
relativamente bien al poco.
2ºA:
El “polilla”: Tiene su casa más limpia que los chorros del oro. No le
es grato que entremos en ella, así que no suele dejar la puerta abierta,
pero, cuando lo permite, uno se encuentra a gusto. Sus movimientos
inconscientes tienden a mantener el orden y la pulcritud, pero desde el
respeto a los “trazas”. No pide que los demás sean como él, pero sabemos
que sufre el desorden y caos que, en ocasiones, reina en las zonas
comunes.
2ºB.
Los “inocentes”. Un poco delicados en las formas, pero siempre atentos y
correctos. Tienden a pensar que la comunidad es un lugar de encuentro
de amigos en los que sólo la buena intención es el motor. La palabra que
mejor les define es “cándidos” (pero en femenino da mal rollo). Se sabe
que se puede contar con ellos para lo que sea, pero no suelen tener
demasiadas visitas.
3ºA
: Los hippies. Como en todos los vecindarios que se precien de serlo,
en el mío también tenemos una familia de este arte. Saludan a todos,
aunque se mantienen al margen de problemas, dimes y diretes. Van a lo
suyo, sonríen y pasean en la furgoneta sin hacer mal a nadie. Cultivan
maría y otro tipo de plantas, pero no nos obligan a fumarla, ni a
secarla, ni a nada. Ellos, a lo suyo... No se sabe si se puede contar
con ellos, pero a ellos eso tampoco les importa.
3ºD:
La “guiri”. Habla perfectamente castellano y todos la sentimos parte de
la comunidad, aunque sabemos que ella se siente extranjera. Habla con
todos, siempre de manera correcta y educada. En las reuniones la vemos
poner cara de no entender algunas de las decisiones, de
los gustos comunitarios, pero ni siquiera intenta que razonemos.
Sabemos que está lejos de entender qué nos ha llevado a relacionarnos en
la manera que lo hacemos, pero el respeto es recíproco y con eso basta.
1ºD,
2ºC, 4ºA y D: Los “ingenieros”. Saben todas las cuestiones técnicas que
se plantean en comunidad, y algunas de las personales, también. No
tienen ningún tipo de reparo en opinar sobre fontanería, carpintería,
estructuras metálicas, cimientos, abogacía… Todo lo habido y por haber
queda dentro de su conocimiento. Entre ellos discuten las cuestiones y
entre ellos se apañan. Los demás escuchamos no demasiado atentos. Se les
puede encontrar reunidos en torno a los “centros de interés” de la
semana. Su empeño no decae nunca, pero, en ocasiones, muestran su
desidia por la falta de reconocimiento general.
4ºC
y 1ºA: "Los vitales". Gente joven, movida, que tiende a creer casi
todas las cosas que escucha. Tienen buenas intenciones y siempre están
dispuestos a ayudar, pero poco sentido crítico. Hablar con ellos es muy
interesante, porque suelen haber estado con el cotilla del bajo y parece
que no terminan de coordinar sus percepciones con la información que
han recibido de él. Alegres y vitales. Buenos vecinos. Sus
preocupaciones son, generalmente, muy concretas. Suelen aportar
soluciones creativas a los problemas que se plantean en las reuniones.
Ideales para el bricosado, por cierto.
5ºA,
6ºC , 1ºB, y 7ºB : "Anónimos". Por mucho que coincidamos con ellos en
todas partes, nunca acabamos de saber quiénes o cuántos son. Saludan
siempre y en el ascensor miran al cuadro de mandos como todos, pero lo
hacen de manera que una ni se plantea si eso es normal o no. Pasan
absolutamente desapercibidos. No molestan, no hacen ruido, bajan a las
reuniones y pasan de puntillas por ellas. Están, sí, pero como si no...
5ºC:
"Los raros". Da igual la situación o el momento, siempre son capaces de
sorprender. Lo mismo los ves en el gimnasio poniéndose "cachas" que
fumando como locos en la ventana. Defienden A y no A simultáneamente en
función de extrañas razones que los demás desconocemos. Hablan con todos
y mucho, a veces, Otras, no abren boca. Parecen seiscientas personas en
la misma casa, pero dudo que así sea, porque, literalmente, no cabrían.
La ropa que tienden, increíble. La chapa de su buzón, insólita. Su
forma de saludar, alucinante… Hablar con ellos es jugar a la lotería. A
veces toca premio. Otras, no. Pero siempre es excitante el momento de
saber qué número ha tocado.
5º
D: El “buenorro”. Tiene a todas las chicas (y a algunos chicos) locas
por sus huesos. Nunca lo hemos oído hablar, pero sospechamos que será
una voz de esas que quitan el hipo. Atento y educado. Guapo. Cuerpo
apolíneo. Ropa que siempre (oye, siempre, madre, qué arteeee) resalta su
ser. Objeto de deseo y consciente de ello, las marujas también hemos
pensado que igual no habla por no estropearlo pero yo, personalmente,
creo que es miedo a que nos lo comamos vivo. (Normal, porque lo
haríamos).
6ºA: Los
"callejeros". Se pasan el día haciendo vida social, jugando, bailando
en las fiestas, comprando en la tienda. Conocen a todos los vecinos y
hablan con cualquiera que se acerque a ellos. Sociables por naturaleza y
principios. Saben abrir las puertas con radiografías y no se cortan a
la hora de pedirlas cuando las suyas se han roto. Grandes habilidades
sociales y la sensación de que el mundo es su casa. Probablemente porque
así es.
6ºB
: La “maruja”: Aunque se opine que no tiene nada que hacer, su día a
día está lleno de trabajos sencillos que, sumados, ocupan gran parte de
su tiempo. La ventaja que tiene es la de haber adquirido la gran
habilidad de hacer dos cosas al tiempo: dedica mucho a mantener la casa
en condiciones y cuida las relaciones con otros vecinos. Se puede estar
de acuerdo con ella o no, pero el trabajo que desempeña queda fuera de
toda duda.
7ºD:
Los "discretos imprudentes". A esta gente la quiero de manera especial
porque compartimos rellano (ya se sabe: el roce hace el cariño). Al
principio no te das cuenta ni de que están ahí: pasan desapercibidos, no
hacen ruido, nunca piden nada... Pero un día dan el salto y opinan, o
dicen, o piden... y, a partir de ese punto, no hay retorno. No hacen por
coincidir, pero cuando estamos juntos, no hay freno. Luego, silencio,
otra vez. Hasta que el ascensor o el rellano nos junte de nuevo.
7ºA
: "Los pijos". Dan una buena imagen exterior de la gente que aquí vive
en cuanto a vestimenta. Parece que tienen mucho, pero la realidad queda
sólo en sus manos. Las cuentas de la comunidad a veces los señalan como
morosos, pero siempre es por problemas con el gestor. Miran por encima
del hombro a los raros, a los hippies y, en realidad, a todo el
vencindario, porque ellos son más “glamourosos”… ¡Qué vamos a hacer: en
el pecado llevan la penitencia!
8ºA:
El “prepotente”: Es uno de los seres más odiados de la comunidad. Ha
habido gente que, en algún momento de estos años, le ha cogido hasta
cariño, pero él ha tenido la inmensa limitación mental de
quitárselo de golpe. Habla como si supiera todo. No valora nada. Todo
está, siempre, por definición, mal. No aporta soluciones reales ni
plantea alternativas. Nadie desea ya entrar en el ascensor con él. Uff…
Lo peor es que, si lo haces, sabes que te acompaña hasta donde vayas,
porque él siempre está por encima…
8ºB: La “verdulera” (por
favor, con todos mis respetos hacia la gente que vende verdura, que no
se la parecen en nada: es sólo una forma de hablar).. No debe de ser
mala persona, la verdad, pero pega unas voces que asustan al miedo.
Malhablada y agresiva Le da igual decir un taco que ochenta y siempre
encuentra el peor momento para pronunciarlos. Tiene la gran capacidad de
hacer que uno desee hablar otras lenguas, sólo por ver si cuela eso de
que no compartimos paisaje lingüístico. Sólo le falta ser mala persona
para que los niños la identifiquen con una bruja de cuento, pero, en
realidad, es sólo cuestión de formas. Los nuevos salen huyendo de su
lado, pero los que llevamos aquí tiempo entendemos que es explosión en
esencia, nada más.
-
Los “ocupa”. No tenemos claro en qué piso se han instalado, pero
sabemos que no pertenecen a la comunidad, aunque se camuflan casi
perfectamente. Sabemos que no son siempre los mismos, pero tardamos en
darnos cuenta porque actúan casi como los “anónimos”. Les pierde
intentar sacar beneficio de los demás vecinos, cosa que, a veces,
consiguen y, a veces, no. Algunos caen hasta simpáticos, la verdad,
pero, curiosamente, aunque siempre acaban volviendo, en realidad nunca
están.
Los
demás vecinos son tan normales como el resto, pero en mayoría numérica.
Unos de una manera; otros, de otra. Entiendo que, por estadística,
tiene que haber dos ladrones, una puta, un cuarto de monja y medio
traficante, pero, la verdad, si están, pasan absolutamente
desapercibidos.
Hay
vecinos con los que nos sentimos más afines y charlamos animadamente.
Otros, que aún hay que descubrir. Las conversaciones pueden versar en
torno al tiempo o, de repente, ser interesantes y apasionadas. Otras
toca aburrimiento. Pero tampoco coincidimos demasiado, la verdad, porque
la vida está dentro de cada puerta y lo que allí ocurre es sólo de la
incumbencia de quien allí se queda.
En general nos llevamos bien, pero el ruido se oye (y desgraciadamente, escucha) más que el silencio, que la armonía.
Yo
estoy muy a gusto con ellos como vecinos y no cambiaría a ninguno por
otro, ni siquiera a los que menos me gustan. Es una buena comunidad. Yo
me alegro enormemente de que la construyeran y de poder vivir en ella.
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lunes, 26 de mayo de 2014
El vecindario 24.08.2008
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