lunes, 26 de mayo de 2014

Reflexión sobre los tipos de relación y las necesidades de conocimiento... 4.10.2008

Reflexión sobre los tipos de relación y las necesidades de conocimiento...
 
Llevo un tiempo pensando en las diferencias entre consensuar de manera explícita y hacerlo mediante el conocimiento.

 Me explico: Creo que existen dos tipos de entrega (bueno, en realidad creo que existen tantas como agrupaciones personales se hagan, pero eso es entrar en demasiada complicación):
-         Aquellas basadas en el “gran conocimiento” recíproco de los que forman parte de la relación.
-         Aquella basada en un momento puntual de “pasión”.

No creo que una u otra sea mejor o peor. Sencillamente, considero que son diferentes y las dos forman parte de las prácticas BDSM.

Si hiciera una analogía con el mundo no BDSM sería algo así como:
-         Relación de “noviazgo” con  alguien a quien se conoce bien.
-         “Rollo” con alguien a quien no conoces demasiado pero que te atrae de manera especial.

(Teniendo en cuenta que lo del conocimiento de los seres humanos es siempre relativo, claro. No voy a partir de que es absoluto porque eso es imposible).

A veces existe la química, del tipo que sea (sexual, intelectual…) entre dos personas que pertenecen al BDSM. Como, más o menos, ya sabemos las prácticas que se suelen realizar, basta con que se digan aquellas en las que una no está dispuesta a participar para que una sesión pueda funcionar de maravilla, siempre partiendo de la suposición de que esos “límites” son respetados por parte de la persona Dominante.

Este es un tipo de conocimiento ligero pero funcional. Hay que hablar, de forma explícita, antes de la sesión, de las prácticas, los miedos, las limitaciones personales… y, digamos, hay que hacerlo “rápidamente”, sin entrar en profundidades del origen de aquellas, o de las causas…

Sin embargo, en aquellas relaciones que se cuecen a fuego lento, lo normal es que se hable de la vida, de la persona, de los gustos, de los miedos… pero que se haga de forma lenta, pausada, como parte de un todo del conocimiento recíproco. Se abundará en las razones que te llevan a temer, en la forma del gozo, en los detalles cotidianos que marcan la rutina… En este caso, cuando se llega a la sesión 1, no suele hacer falta explicitar demasiado aquello que en lo que no quieres participar, puesto que el conocimiento de ambos ha llevado (o ha debido llevar) al Dominante a saber aquello que puede y no realizar de manera segura para la persona que se le ha entregado.

El conocimiento no asegura que la relación vaya a salir de maravilla. Ni mucho menos. Al igual que la “velocidad” no impide que aquello vaya a ir viento en popa. No tiene nada que ver. Lo que sí determina, en cierta manera, es la necesidad de poner límites antes de las sesiones. De poner límites de manera explícita, quiero decir, porque lo que una no puede, no puede… Pero se supone que el dominante, en el caso del “conocimiento profundo” previo, ha asumido eso de manera progresiva y no necesita el post it en el armario que se lo recuerde.

Os pondré un ejemplo banal: yo estoy operada de una rodilla. La intervención fue hace muchos años, así que, en ocasiones, cuando lleva una temporada sin dolerme, se me olvida la lesión (me quedaron secuelas)  y actúo como si nada. Sin embargo, me he dado cuenta de que evito ciertas posturas “habituales”, como la de arrodillarme, o doblar demasiado esa pierna, pero lo hago de manera no consciente, protegiéndome. Cuando he hablado con algún Dominante “de manera rápida” es un hecho, una limitación, que se me olvida mencionar, porque tengo muchas otras que protagonizan las conversaciones (tipo: no me gusta la cera, ni la vara, ni…)

Sin embargo, en las conversaciones “cotidianas” que he tenido con otros, sí que ha salido el tema, porque hay días mejores y peores, y una no puede estar demasiado tiempo sentada frente al ordenador por los dolores, o tiene que tomarse algo que la deja baldada… Y sale… No ha hecho falta que haga memoria de las lesiones, ni de lo que me da miedo, ni nada de nada… Los temas han ido saliendo sin más, poco a poco: han ido manando de mi como el agua de las fuentes: sin prisa pero sin pausa.

Cuando una persona sabe de mi que no debo doblar demasiado esa pierna, o que puedo hacerlo a condición de estirarla rigurosamente inmediatamente después… Entonces, no necesito decirle que no me gusta la vara, o que me da miedo quemarme con la cera… porque todo eso ya habrá salido, inevitablemente.

Lo importante no es lo que vetamos de manera consciente, sino aquello que tenemos tan enraizado que no nos damos cuenta de vivir. Y eso sólo se sabe a través del conocimiento.

En caso de que tenga una sesión “rápida”, un momento pasional de esos que apetecen de vez en cuando, bastará con la palabra de seguridad para hacer saber al Dominante que se me ha olvidado decirle que mi pierna se “rompe”. Así que una cosa no es óbice para que no se pueda llevar a cabo la sesión.

Sin embargo, aunque la tenga, ¿para qué necesito la palabra de seguridad con alguien que sabe que si me tiene de rodillas más de dos minutos no podré andar en cuatro días?... (y es un ejemplo, que conste, porque ahora ya lo sabe más gente y seguiría siendo gente que no conoce otras “lesiones”).

Hasta ahora he hablado sólo de ejemplos físicos, pero los psicológicos tienen mucha importancia. Normalmente, no hablamos de ellos en la “primera cita”, porque implican, en cierta medida, un “desnudo” que no siempre estamos dispuestos a realizar delante de la otra persona, por lo menos a priori. Nos referimos a las limitaciones “físicas” porque son aquellas que tienen consecuencias directas en una sesión. Pero las mentales son mucho más profundas, para lo bueno y para lo malo… Esas son las que “el conocido” sabe, las que más tendrá en cuenta, las que determinen la Dominación psicológica… Las que, al final, marquen si es o no la persona capaz de hacer que el mundo tenga su nombre.

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