viernes, 2 de octubre de 2015

Batallitas (1ª parte) Publicado el 19 de septiembre de 2015

Batallitas (1º parte)
 
 
Vida y yo hemos hablado muchas veces del tema de las fantasías. Yo he llegado a la conclusión de que, en muchas ocasiones, deben quedar relegadas a ser eso: imágenes o emociones mentales que recreamos de esa manera, porque, en general (y no conozco a nadie que me haya contado lo contrario), cuando las intentamos llevar a cabo, quedan bastante lejos de lo que tan clara y precisamente habíamos ordenado y vivido en nuestra cabecita.
 
El caso es que una de mis fantasías era sentirme puta. Puta-semi puta, pero sin serlo y escogiendo al cliente (como es una fantasía puedo desear lo que me dé la gana, así que no hay réplicas posibles a eso).
 
En mi cabeza había recreado una y mil veces cómo hacerlo y, en las ocasiones en las que me lo permitía (porque mi censura emocional también ha tenido sus momentos), ideaba cómo sería aquello de que un tío se fuera conmigo sólo para follarme, sin más ni menos, y sin tener ningún tipo de deferencia para con mi placer. Lo del dinero era lo de menos: podría ser una semi puta por placer.
 
Fantasías.
 
En una de las ciudades en las que he vivido resulta que mi casa cuadraba cerca de una zona de putas que me pillaba de paso cuando venía de ver a unos buenos amigos (cosa que hacía con bastante frecuencia). Al principio, observaba (sin pararme, por si acaso) a las chicas: cómo se movían, cómo tentaban, cómo reaccionaban cuando algún coche bajaba la ventanilla... Aquello me parecía muy enriquecedor y, de alguna manera, fomentaba mi fantasía.
 
Hasta que empecé a observar a los que paraban. Joer. Ahí se me quitó la ilusión de hacerlo realidad. La actitud de ellas me resultaba tremendamente atractiva e interesante, pero ellos parecían sucios, desaliñados, desagradables y deseperados (para puta, desde luego, hay que tener muchas tragaderas y va a ser que no es mi caso. Mierda de puta. Maravillosa fantasía irrealizable)
 
Y decidí que no la llevaría a cabo, por lo menos de esa manera.
 
Con el tiempo, descubrí que había otra posibilidad. Un Dominante bastante divertido, con el que había tenido algún encuentro ocasional, y dado al juego BDSMero, me pareció ser la persona a la que comentarle lo que me apetecía.
 
Lo hablamos. Él tenía ciertas reticencias por el tema de dejarme allí, tirada como una colilla, y que yo me quedara hecha polvo. Pero, dado que no teníamos un vínculo emocional que pudiera partir nada en mi y que físicamente era una persona que ya me había demostrado que no iba a hacer nada más allá de lo que mi cuerpo admitiera, pues... ¡nos lanzamos!
 
Quedamos en vernos un día. Él llamaría al timbre. Yo abriría la puerta y, sin mediar palabra, iríamos a donde él me llevara y me follaría de todas las maneras que quisiera (en lo humanamente posible). La condición: ni una sola palabra. Nada de afectos. Nada de ¿qué tal?. Nada de palabras. Nada. En todo caso, "ponte aquí, ponte allí, haz esto o haz lo otro". Cuando él se sintiera satisfecho, cogería la misma puerta por la que entró para marcharse y, hala, si te he visto no me acuerdo.
 
Así lo hicimos. Según el plan elaborado. Todo, más o menos (ya sabéis que siempre hay cosas que se escapan a nuestro plan) bien.
 
... La puerta se cerró y él se marchó.
 
Yo me quedé en la cocina, fumando y pensando en que igual aquello no era exactamente como lo había pensado, pero que tenía su punto. Ser usada sin más (por lo menos, con ese hombre, en ese momento determinado) había estado bastante bien.
 
Pero, claro, la dicha no podía ser completa.
 
Sonó el teléfonillo: "Ding Dong"
 
Me hice la sueca, del mismo Estocolmo.
 
Volvió a sonar.
 
Mierda!
 
Estocolmo, Estocolmo...
 
Otra vez... Jo... Ya era inevitable: lo mismo se había olvidado las llaves del coche, o se había metido una leche contra las escaleras... Yo qué sé... No podía dejar de contestar. Lo primero, siempre, es el humano que llevamos dentro. O igual hasta no era él...
 
- ¿Sí? - (una deplorable voz en mi interior deseaba que le hubiera sucedido algo terrible por lo que no hubiera tenido otra opción que llamar)
 
- ¿Puedo subir?-
 
(Mierda, mierda, mierda)
 
- Claro, sube- (aquella voz interior me susurró : ¡te jodes!)
 
(¿Qué le habrá pasado?)
 
Ding dong (timbre de la puerta)
 
Abro.
 
Este maravilloso hombre, pleno y feliz, me sonríe y me pregunta:
 
- ¿Qué tal estás?...
 
(Mierda, mierda, mierda...)
 
- Pasa, anda, vamos a tomar un café y nos echamos unas risas.
 
.........
 
Definitivamente, va a ser que las fantasías son sólo para el alma.

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